Una eterna caricia

Para ti, abuelo, para hacer de tu caricia un instante para la eternidad.
Se moría. Todos sabíamos que no le quedaba mucho tiempo ya. En su vista, encontrábamos un ser disperso, distraído, cansado. La enfermedad le agotaba, el cáncer mermaba toda aquella vitalidad que tantos años había definido su ser. Sus palabras salían de su boca con un tartamudeo y desorden que avecinaban una tragedia. Y yo, que nunca antes había experimentado una muerte cercana, estaba petrificado.
Unos caóticos pensamientos aparecían, un sentir nacía; la angustia me saludaba. En su casa, intentaba hacer de la tedia espera algo más colorido, aunque fuese con un solo ápice de alegría. Sin embargo, muchas veces no podía dejar de pensar en aquello que fue: aquel joven de 18 años que dejó su vida anterior atrás para hacerse a sí mismo, aquel joven gallego que dejó los estudios por amor. Un buen hombre que creó una familia, mí familia.
Entre aquellas verdes paredes, frente al gran ventanal donde se asomaba un anaranjado y melancólico atardecer, vi algo que me dejó asombrado a la par que emocionado. Él, paseando por aquel estrecho pasillo que configuraba el eje central del pequeño piso de la calle Felipe II, pasó por al lado de su mujer, María. Ella, sabedora de la situación, sufridora de mil penas, lo miró con unos brillantes ojos que buscan esperanza a la vez que, mirando atrás, decían adiós. Él, mirando a su mujer y sabiendo lo que ella le amaba, levantó su temblorosa mano para acariciar, con suave intención, pero de gesto rudo, su rostro, y, con ello ─con ese simple gesto─, le dio las gracias. Ese gesto de genuino amor y cariño en un momento tan entristecedor como aquel contenía todo lo que uno busca: una persona con la que ser, con la que dar y con la que amar.
Mi abuelo agradecía todo lo dado y lo que ella le dará. Él daba las gracias porque sabía que no le podría agradecer durante mucho más tiempo. Y, con ese gracias, mostraba aún signos de ese amor que, aunque a veces discreto, ha sido (y será) firme y eterno. Quizás no pueda volver a acariciarla. Quizás no pueda volver a ver la sincera mirada de su amada. Pero de bien seguro que, mientras yo viva, ese gesto y amor siempre permanecerá en mí.
A uno siempre le hablan sobre la importancia de los pequeños gestos, pero hasta que uno no lo vive, no lo ve, no puede dar cuenta de ello. Hoy ─y quizás ya tarde─, he aprendido que, aunque en el límite, sabiéndose en el ocaso de sus días, el hogar junto a un sincero y cotidiano afecto con otro pueden hacer frente a cualquier violenta fuerza del vivir. Allí donde no hay esperanza, allí donde no hay vida, que permanezca el gesto, verdadera muestra de amor.
